El Chalchal » Homenaje a "Los Runa" de Mario González

» Homenaje a "Los Runa" de Mario González


 

Jorge Pujol, Ovidio Yocco, Mario González, Horacio Valdez, Carlos Alberto Martínez

Alta Gracia, setiembre de 1964

 

Los Runa brotan hoy en mi memoria, vivos como nunca, a pesar del tiempo y la distancia, gracias sobre todo a la voz del Bebe Martínez que se hace presente casi a diario en la magia de la Internet, con esa firme suavidad que le valió y le sigue valiendo los aplausos de todas las plateas.

Los conocí en el 60. Ya eran ellos cuatro: Ovidio Yocco, el Bebe Martínez, el Toto Valdez (mi compañero alguna vez en la primaria) y el Flaco Pujol (mi amigo de mucho tiempo). No los había escuchado nunca antes, creo. Tal vez porque yo paraba poco en Alta Gracia. Había empezado Letras en el 59, a la vuelta de la colimba, e iba todos los días por la tarde a la Universidad Católica. Estudiaba hasta los fines de semana. Mi trabajo era por las mañanas: locutor en la red de altavoces del pueblo, la Propalación Plaza, de Ángel Díaz. Me gustaba eso de hablarle a los micrófonos.

Fue por eso que un día los encontré. Papá era de la directiva del Club de Dadores Voluntarios de Sangre. Anualmente, se hacía un baile en el Casino para recaudar fondos para el Club. Ese año alguien tuvo la idea de pedirle a Los Runa que actuasen en los intervalos del baile en el que yo haría de maestro de ceremonias. A través del Flaco Pujol, combinamos que yo fuese a un ensayo de Los Runa, en su casa, frente al Tajamar, para ponernos de acuerdo sobre el espectáculo. Fue entonces que les propuse que entrasen al escenario (donde ya estarían el bombo y las guitarras) uno a uno, mientras yo recitaba unos versos sobre el conjunto, que terminaban:

 

Cuatro voces de Alta Gracia

que bajan desde la sierra

para decir en su acento

que el canto es su única herencia:

¡Los Runa, los indios pobres (*),

cantándole a la querencia!

 

Y después, yo iría presentando cada pieza con una glosa, como esta, por ejemplo, que abría uno de los grandes éxitos de Los Runa, la “Vidala de la copla”, del Chango Rodríguez:

 

Mi copla nació una noche

de tanto estar solo y lejos

y hoy la traigo hecha vidala

pa’l carnaval de los cerros.

Tiene gusto de algarroba

y yo la llevo en el pecho

para cantarla en el pago

antes que salga el lucero.

Vidala, no me la quites,

mi canto ya tiene dueño:

soy indio pobre y mi copla

es lo único que tengo.

 

Funcionó. No solo que ellos ya eran muy buenos, sino que logramos el efecto de lo diferente. Y a ellos les gustó la cosa. “Che, negro, ¿no querés seguir con nosotros?”, me dijeron. Acepté en el acto. Empezaba entonces una de las mejores experiencias de mi vida. Primero, por cosechar en eso cuatro amigos que nunca dejarían de serlo. Segundo, por pasar a acompañar todos los ensayos de ellos, escribir una glosa para cada pieza y acompañar la tarea de crear cantando. Tercero, por vivir las emociones de subir a los más diversos escenarios y sentir cómo llegaba la belleza de las armonizaciones de Ovidio, de las voces de los cuatro, del bombo del Toto y de las guitarras de los otros tres. Y, por último, pasar a compartir horas y horas en que se alternaban el trabajo con la farra, esta última desatada siempre por la permanente comicidad del Toto y del Flaco, para la desesperación de Ovidio cuando le cortaban su trabajo siempre serio.

Fueron casi cuatro años de una aventura llena de matices. Ovidio era el músico que quería tener un conjunto folklórico vocal, estudiaba armonía inclusive y punteaba en la guitarra. El Bebe era esa voz que se deshacía en el aire y arrancaba aplausos en los solos. El Flaco era el oído finísimo, la voz potente y aguda. Y el Toto, de voz firme y clara, hacía malabarismos en el bombo. Se ensayaba, en general, en la casa del Toto. Recién casado, no había allí familia a la que molestásemos.

Se ensayaba trabajando mucho sobre los arreglos de Ovidio. Nacieron así algunos de los grandes éxitos de Los Runa, además de la ya nombrada “Vidala de La Copla”: la “Baguala del Tacuil”, de los hermanos Dávalos; “La novena”, cueca de Peralta Dávila; “El buen remedio”, gato de Ocampo y Flores; los aportes de Pipi Trintinaglia, como “Navideña”, “Día de procesión” y “Zamba de sol y verano” y las canciones con música y letra de Ovidio, como la zamba “Buscando un amor”; y nuestra “Chacarera del Virrey”.

Yo me había comprado ese año un grabador: un Geloso, eléctrico, es claro, chiquito (cabía en una caja de zapatos) que usaba para grabarles las clases en la Facultad a los profesores que más me interesaban. Pasé a usarlo también para grabar los ensayos de Los Runa. Al terminar, ya tarde de la noche siempre, Ovidio y yo (los solteros del grupo) nos íbamos al Rose Marie, donde a esa hora ya no había nadie. Desconectábamos el tocadiscos de ellos y escuchábamos la grabación del ensayo mientras tomábamos ginebra.

Eso nos acercó mucho al negro Yocco y a mí. Ovidio quería estudiar Derecho. Leía mucho, especialmente literatura y filosofía. Y tenía una enorme sensibilidad artística. Componía piezas, también. Fue por eso que se me ocurrió pasarle algunas letras escritas por mí; a las que le gustaban más él les fue poniendo música. Dos fueron a parar al repertorio de Los Runa: la “Chacarera del Virrey” (grabada después en disco) y la “Zamba de la niña marinera”, rescatada del olvido no hace mucho por el Bebe, el Toto y el hermano de este, Pepe. Ovidio y yo estábamos libres de la posible u obligatoria compañía de las esposas de los otros tres, ya casados, cuando salíamos a actuar fuera de Alta Gracia. Así que dividí con el la pieza del hotel muchas veces. Fui conociendo una persona llena de ideales, inteligente y sensible. Fue mi gran amigo de esos años.

De la trayectoria de Los Runa en la época en que anduve con ellos me quedan recuerdos muy vivos. El primero fue la participación en el concurso “Córdoba Folklórica”, organizado en el 62 en Córdoba, por el Club Barrio Yofre. Eran muchos conjuntos participando y Los Runa venían de fuera de la ciudad. En las presentaciones, inventé que Alta Gracia sería “el barrio más bonito de Córdoba” y creo que eso ayudó a ganar la simpatía del público, simpatía que fue creciendo a medida que Los Runa iban superando etapas. Entre los participantes estaban conjuntos que después llegarían muy lejos, como “Los de Córdoba” y “Los del Uritorco” que después serían “Los del Suquía”. Ganar ese concurso fue el comienzo de la proyección de Los Runa fuera de Alta Gracia. Para eso ayudaron bastante dos cosas que sucedieron después. La primera fue un contrato con la Secretaría de Turismo de la Provincia que llevó el conjunto a viajar los fines de semana para actuar en diversos lugares. La segunda fue ganar, en un certamen en pleno Rivera Indarte (el Teatro del Libertador) el derecho a representar a la Provincia en el Festival de Cosquín de 1963. Con eso, Los Runa pudieron codearse con los grandes nombres del folklore nacional. De entre todos ellos, tengo que recordar aquí el contacto que se transformaría en amistad con “Los Trovadores del Norte”, a quienes conocimos en los bastidores del escenario de Cosquín, mientras ellos ensayaban lo que sería uno de sus mayores éxitos: “Puente Pexoa”.

El éxito en Cosquín en el 63 llevó a que la comisión organizadora del Festival invitase al conjunto a actuar en el festival de 1964. Yo había rendido la última materia de la carrera el 23/12/63 y me disponía a irme a vivir a Córdoba, donde ya había encontrado trabajo como profesor. Fui con Los Runa a Cosquín sabiendo que me despedía de ellos. Y en Cosquín el éxito fue completo, sobre todo por las actuaciones en las peñas y las consecuencias de los aplausos recogidos en el escenario principal. Estábamos en una peña una noche, cuando me llamó aparte una persona que se identificó como representante del sello Phillips. Queremos que Los Runa graben con nosotros, me dijo simplemente.

Arreglada la ida a Buenos Aires para grabar, el asunto era encontrar el dinero necesario para el viaje. Organizamos un pequeño festival una noche, en Alta Gracia, en la Confitería Chammás, para juntar dinero. Lo más notable fue que “Los Trovadores del Norte”, que estaban actuando en Córdoba en el Teatro Griego, se vinieron hasta Alta Gracia por cuenta propia y actuaron gratuitamente en la fiesta de Los Runa. Días después, el conjunto partió una noche hacia Buenos Aires, de frente a la casa del Toto, en la rural “Estanciera” de Néstor Villar, representante de Los Runa. Allí, de alguna manera, terminaba mi vivencia con Los Runa. La enorme recompensa mía por todos esos años de aventuras sería la grabación en disco de la “Chacarera del Virrey”. Después, la vida me alejó para siempre de esa Alta Gracia donde yo había nacido y por la que seguiría guardando siempre el mayor cariño. Tras siete meses en Córdoba, una beca me llevó por tres años a España para hacer estudios de posgrado. Nos encontramos todavía en una fiestita en casa de mis padres, en setiembre del 64, en la que celebrábamos mi colación de grado y yo me despedía de los amigos. La foto que abre este texto registró ese momento.

Volví de España en el 67 para una corta permanencia. Los Runa habían dejado de actuar. Ovidio Yocco, ya casado, se había ido a vivir a Río Tercero y después seguiría a Buenos Aires. A principios del 68 acepté la oferta de venirme a Brasil a trabajar como profesor de la Universidad de San Pablo. En San Pablo me casé, tuve una hija e hice toda la carrera universitaria. Llegué al grado máximo, como profesor titular de Literatura Española, realizando el sueño que cultivaba en esos años de presentador de Los Runa.

Pero volví por Alta Gracia siempre que pude. En uno de esos regresos, en diciembre del 72, una noche aparecieron en casa los tres que allá quedaban del conjunto y Néstor Villar. “Mario, tenemos una mala noticia”, me dijeron. “Ovidio. Le asaltaron la casa, reaccionó y le dieron un tiro. Murió en el acto”. El amigo se había ido para siempre, sí.

Muchos años después, cuando ya había Internet, a fines del 2006, entró en mi computadora un recado diciendo: “Hola, Mario. Soy Gabriela, la hija de Ovidio Yocco. Te escribo desde Buenos Aires”. El susto fue enorme. Gabriela me encontró gracias a su amistad con una de mis colegas de la Facultad que vivía en Buenos Aires y que le dijo por dónde andaba yo. Así ella encontró mi dirección. Pasamos a escribirnos y, en setiembre del 2007, yo pasé por Buenos Aires, donde ella es profesora de Literatura, y la llevé a Alta Gracia: fueron dos noches de asado, vino, empanadas, guitarra y canciones con los demás de Los Runa y algunos amigos más llegados. Después, Gabriela me contó que había sido deseo de Ovidio ser cremado y que sus cenizas se arrojasen al río Anizacate. Volvimos juntos a Alta Gracia en febrero del 2008 y, con la ayuda y compañía del Toto Valdez, cumplimos su deseo. El director de Los Runa habrá ido por esos ríos lentamente hasta el mar, tal vez. Era su destino de manantial.

Todo eso me devolvió a las relaciones con el Bebe, el Toto y su hermano Pepe, Pujol y el Pipi Trintinaglia. Algunos de ellos salvaron la “Zamba de la niña marinera”, como dije antes. Espero volver otra vez por Alta Gracia un día de estos, para decir otra vez las glosas en las que puse el corazón lleno de sueños de aquellos años. Y escucharlos a ellos como si nunca hubiese pasado el tiempo.

 

 

Mario M. González

São Paulo, diciembre de 2010


(*) “Runa” era eso, me explicaba Ovidio, “indio sin clase”. Por debajo del atuendo gaucho, Los Runa se sentían también herederos de los comechingones que habitaron Paravachasca.




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Cosquín '64

Grabación con la que fueron premiados por Phillips al ser revelación de Cosquín en ese año (Junto con Luis Landrisina y Jovita Díaz)

Pistas de este disco:
GUITARREANDO (Los Andariegos) - ITA ENRAMADA (Jovita Diaz) - LA TEMPRANERA (Trio Guaycan) - CHACARERA DEL VIRREY (Los Runa) - DUDAS (Los Cantores del Alba) - DIA DE PROCESION (Los Runa) - VIEJO CAA CATI (Jovita Diaz) - DE LOS HORNOS (Trio Guayacan)




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